10.7.06

No te vuelvo a dejar


Por Jesús Ángeles

Es uno de esos días en los que dejas el auto porque se te hace sencillo andar por las calles caminando para tomar el típico transporte público, ahí anda uno en la calle comprando lo que a uno le hace falta y se llena uno de bolsas y mercancía que quizás, en un mes, tendremos arrumbado en algún lugar de nuestro cuarto. Terminadas las compras, uno se dispone a regresar a casa y probarse los calzones nuevos, poner el disco de “solo para borrachos” que compramos en la falluca, que por cierto, son muy buenos para finalizar una fiesta. Llegas a la parada del autobús y antes de abordar el ruta verde que te llevará a tu casa, te das cuenta que en tu bolsillo solo te queda un billete de cien. ¡Demonios!, si te subes así al camión y le das el billetito, segurito y te regresa todo una dotación de monedas mexicanas, aquellas de 10 centavos que ya nadie usa, y que llegando a casa misteriosamente desaparecen de la mesa, esos billetes de 20, que según muy resistentes pero que en cuanto los doblas, luego luego se andan rompiendo. También te dan un billete de 50 superarrugado, y esas monedas de peso que a veces se pierden en el pantalón.

No, mejor te dispones a cambiar tu billete en la tienda cercana, llegas al OXXO, o al super one, y con la hambruna que ya tienes, te compras un paquete de comida que incluye dos hot dogs, una dotación de papas, y medio litro de refresco. Sales del minisuper ya no solo cargado con la bolsas de un principio, sino también de comida chatarra que tendrás que equilibrar cuando te subas al camión.

Todo crees tenerlo bajo control, te acuerdas cuando ibas en la secundaria o en la prepa, y te subías con los cuates al camión y sin importar la maletota de útiles y las chácharas que trajeras, ni te caías, y mucho menos tirabas algo que traías cargando.

Te diriges nuevamente a la parada, y por fin llega el camioncito verde que te llevará a tu casa, tu apenas y estas subiendo las escaleras del autobús, y el mendigo chofer ya se esta arrancando. Le pagas, miras hacia el frente y tratas de mantener el equilibrio mientras recorres el pasillo de todo el autobús para en encontrar un lugar. La gente se divierte mientras llegas al los únicos lugares que se encuentran vacíos que están hasta atrás del camión. Para su tristeza, solo rebotas y rebotas con algunas personas, con mochilas y tubos del camión.

Llegas al final del pasillo, te sientas pensando que la pesadilla acabó en el momento en el que te sentaste y… el mendigo camión se pasa un tope sin frenar y a mi se me ocurrió abrir mi refresco para darle un trago. Los pantalones se llenan de cocacola, al igual que los hot dogs, y los tipos que van a lado tuyo, no soportan la carcajada en sus bocas, y se ríen de ti como si fueras payaso de circo.

Y ahí vas junto con tus bolsas brincando en cada bache, de esos que casi no hay en la ciudad de Pachuca (aja), en cada megatope que ponen en las esquinas, y en cada freno que se da el chofer cuando llega a un semáforo. En ese momento empiezas a extrañar tu carro, te preguntas porque se te ocurrió la estupida idea de dejar el carro en casa, del porque estar soportando el olor extremo del seudofutbolista que va a lado tuyo, que si por si fuera poco le va al América, soportar las cumbias bizarras que trae el chofer, en donde en medio de ellas, una voz con exceso de eco le manda saludos a la quinceañera.

Es ahí cuando te preguntas porque discriminaste a tu bocho y estas ahora a tres cuadras más delante de donde le dijiste que te dejara microbús, es ahí donde te preguntas porque fregados no tome un taxi. ¡bendito dios que tengo un bocho!
En memoria a todos los que usan a diario al microbús.

1 comentario:

Anónimo dijo...

chido el cuento, hay que quemara los microbuseros